– Hola, disculpa la demora.
– Está bien, es una característica tuya que acepté hace mucho – dijo con una sonrisa resignada.
No me parecía justo.
– Bueno, quería hablar con vos.
– Ya me lo habías dicho. ¿Sobre qué?
– Sobre eso – le contesté.
– Otra vez. No quiero hablar de eso.
– Pero creo que es bastante necesario – insistí.
– A mí no me parece.
Tampoco parecía justo. El hecho de que no quisiera hablar cambiaba los planes, así que decidí ir directo al punto.
– Quiero pedirte disculpas.
– No tengo disculpas para darte, resulta que me quedé sin.
– ¿Ni siquiera una?
– Ni siquiera la más pequeña de las disculpas.
Entonces no había mucho para hablar. Me quedé un rato en silencio, nuevamente esperando que ella interviniera. No dijo nada, sólo me miró.
– Bueno, entonces me voy. Avisame cuando tengas disculpas para mí, ¿sí?
– Te aviso. Chau.
El camino de vuelta fue mucho más tranquilo. Caminé en lugar de correr. El centro seguía lleno de gente y pensé que a lo mejor la que estaba en domingo era yo.