martes, 11 de mayo de 2010

Automne

Era domingo, pero la agitación del centro era inusual para ser domingo. Parecía viernes. El sol se burlaba de mí mientras corría esquivando a las personas que se empeñaban en convertirse en obstáculos. Una vez más se me había hecho tarde. Pero de todas las veces que tenía que ser puntual y no lo había logrado, esta era la peor. Realmente quería llegar a horario. Mientras corría repasaba mentalmente lo que había preparado. Esta vez tenía que ser convincente y tener un poco más de tacto a la hora de pedírselo. Esperaba que fuera el momento apropiado. Llegué al lugar que habíamos acordado y, por supuesto, ella estaba ahí, esperando. El hecho de verla me hizo dudar, pero me mantuve firme. Me acerqué, intercambiamos saludos y a continuación me senté. Me miró. Nunca había notado que el color de sus ojos era de otoño. Sí, de otoño. Rarísimo. Ese tono que tienen las hojas después de ser verdes, pero antes de ser amarillas. Decidí concentrarme. Hablé primero, ya que ella no parecía tener mucho para decir.

– Hola, disculpa la demora.
– Está bien, es una característica tuya que acepté hace mucho – dijo con una sonrisa resignada.
No me parecía justo.
– Bueno, quería hablar con vos.
– Ya me lo habías dicho. ¿Sobre qué?
– Sobre eso – le contesté.
– Otra vez. No quiero hablar de eso.
– Pero creo que es bastante necesario – insistí.
– A mí no me parece.
Tampoco parecía justo. El hecho de que no quisiera hablar cambiaba los planes, así que decidí ir directo al punto.
– Quiero pedirte disculpas.
– No tengo disculpas para darte, resulta que me quedé sin.
– ¿Ni siquiera una?
– Ni siquiera la más pequeña de las disculpas.
Entonces no había mucho para hablar. Me quedé un rato en silencio, nuevamente esperando que ella interviniera. No dijo nada, sólo me miró.
– Bueno, entonces me voy. Avisame cuando tengas disculpas para mí, ¿sí?
– Te aviso. Chau.

El camino de vuelta fue mucho más tranquilo. Caminé en lugar de correr. El centro seguía lleno de gente y pensé que a lo mejor la que estaba en domingo era yo.

viernes, 16 de abril de 2010

One with the door

Era alguien completamente nuevo para mí. Y como todo lo nuevo, despertó mi curiosidad enseguida. Era como una enorme habitación a la que nunca había entrado, una con la puerta entreabierta esperándome.
Crucé el umbral algo encandilada; no esperaba que ese cuarto estuviera tan bien iluminado. Una vez que mis ojos se hubieron acostumbrado a la luz, dejé que merodearan por todo lo que ahí había. Cuadros, estantes repletos de cosas, cajas con libros, discos, presencias, memorias.
Fotos, revistas, creencias, recuerdos, miedos, sentimientos, películas, dudas, virtudes, colores, sabores, perfumes, defectos, matices, espacios vacíos, pasiones, impresiones, vicios, indiferencias y mucho más.
Fascinada, traté de conocer todo, de tomar parte en esa habitación. Pinté un par de paredes con mis colores y dejé, de alguna forma, huellas.
En mi intento por apropiarme de ese bello espacio, tomé algunos objetos para cambiarlos de lugar, pero mi torpeza y su fragilidad me llevaron a romperlos. No tenía esa intención, por supuesto. Aun así, me sentí inmensamente frustrada. Traté de repararlos, pero no pude. Tuve miedo de seguir manipulando las cosas que se encontraban en la habitación, así que me abstuve de seguir interviniendo. La dejé tal cual estaba y me senté a mirar.
Miré, observé, escuché, pero no fue suficiente y terminé por hartarme del encierro. Me aburrí. Abrí la puerta y salí corriendo.
Caminé por un largo pasillo. Llegué a mi propia habitación, y me encerré ahí. La calidez de mi cuarto no se comparaba a la de ningún otro, pero cuando llegó el momento, salí nuevamente.
En
contré la puerta de la habitación que tanto me había cautivado y para mi sorpresa estaba cerrada. Busqué en mis bolsillos pero, claro, nunca había tenido la llave.

martes, 16 de febrero de 2010

Una. ¡Uy! Me cayó una gota. Una, dos. Miro para arriba. Tres gotas de agua. Lo poco que basta para que alguien diga "¡está lloviendo!". En el instante que demoro en decidir qué hacer todos comienzan a huir. Entonces me paro. Camino. Llueve más fuerte. Entonces corro. Corro por la arena mientras miro cómo en el suelo se van grabando pequeños círculos. Y cuando encuentro refugio me detengo un minuto para ver el agua cayendo. Me parece tonto sólo mirar. Doy un paso, me pongo al descubierto. Una dos tres cuatro cinco seis veintidós treinta y una cuarenta y tres cincuenta mil gotas caen sobre mí. Ya no necesito refugio.