Era un barrio completamente desconocido, pero la tarde nos resultaba familiar. Abundaban las subidas y las bajadas, que subían o bajaban según quién las mirara.
La reunión se había formado en la esquina pintada de naranja que unía a dos calles angostas. Parecía no faltar nadie; y ahí, en medio de la multitud, encontré su cara. Una extraña y aun así cómoda sensación me llenó: su mirada, lejos ya de perturbarme, me brindaba un calor débil y agradable en la punta de los dedos.
Así me descubrí sujetando una plancha de un delgado y suave cristal que, raro, era tan cálido (de ahí la sensación). Lo coloqué con cuidado a un costado, en el suelo, y me dirijí hacia ella.
Horas después todos se habían ido, menos nosotras dos. La esquina ya no era naranja sino negra y se recortaba contra un cielo que había tomado el tono anaranjado que poseía antes ésta. Nos despedimos, acordando volver a vernos, y comencé a desandar el camino por el cual había llegado cuando el cristal llamó nuevamente mi atención: permanecía, para mi sorpresa, intacto en el lugar donde lo había dejado antes.