Una. ¡Uy! Me cayó una gota. Una, dos. Miro para arriba. Tres gotas de agua. Lo poco que basta para que alguien diga "¡está lloviendo!". En el instante que demoro en decidir qué hacer todos comienzan a huir. Entonces me paro. Camino. Llueve más fuerte. Entonces corro. Corro por la arena mientras miro cómo en el suelo se van grabando pequeños círculos. Y cuando encuentro refugio me detengo un minuto para ver el agua cayendo. Me parece tonto sólo mirar. Doy un paso, me pongo al descubierto. Una dos tres cuatro cinco seis veintidós treinta y una cuarenta y tres cincuenta mil gotas caen sobre mí. Ya no necesito refugio.