miércoles, 14 de diciembre de 2011
Simbolismo Onírico II
jueves, 29 de septiembre de 2011
El nombre que sonríe
Iba sentada al lado mío, del lado del pasillo y con la cabeza inclinada hacia adelante. Con cada movimiento del colectivo sus rulos se tambaleaban como resortes estirados. Mientras tanto, yo trataba de leer, pero el vaivén terminó por mezclar todas las letras del libro en un tejido imposible de descifrar y que, para colmo, logró marearme. Desistí. Abrí un poco la ventana y me puse a mirar los autos que pasaban. Cuando nos acercábamos a nuestra parada le toque el hombro con cuidado para no asustarla. De todos modos, se sobresaltó un poco. Detrás de los lentes, sus ojos subieron y bajaron en parpadeos que la ayudaron a volver rápidamente a la realidad. Bostezó. “Soñé”, me dijo. “Te juro que soñé”. Y empezó a contarme lo que había visto mientras dormía. Nos bajamos del colectivo y nos despedimos hasta el día siguiente, en el cual seguramente me esperaría un nuevo relato acerca de sus sueños.
viernes, 23 de septiembre de 2011
miércoles, 20 de julio de 2011
Por aquellos días el valor de lo externo a uno se había elevado, devaluando a los procedimientos internos. El aire se llenaba con palabras vacías y carentes de sentido; bellas, sí, en algunos casos, pero sólo eso.
A nadie se le permitía decir lo que pensaba y los sueños eran reprimidos por una gris y estricta consciencia colectiva que dominaba a las individuales: éstos deleitaban cada noche a los habitantes de la ciudad, para luego abandonar sus mentes y nunca volver.sábado, 19 de marzo de 2011
Pero en los últimos días habían descubierto un nuevo mundo que los había cautivado: el anhelo, que era la imagen en negativo de un recuerdo. Por eso, justamente, mucho mejor: todavía quedaba vivirlo, y todavía quedaba recordarlo.
viernes, 7 de enero de 2011
Simbolismo Onírico I
La reunión se había formado en la esquina pintada de naranja que unía a dos calles angostas. Parecía no faltar nadie; y ahí, en medio de la multitud, encontré su cara. Una extraña y aun así cómoda sensación me llenó: su mirada, lejos ya de perturbarme, me brindaba un calor débil y agradable en la punta de los dedos.
Así me descubrí sujetando una plancha de un delgado y suave cristal que, raro, era tan cálido (de ahí la sensación). Lo coloqué con cuidado a un costado, en el suelo, y me dirijí hacia ella.
Horas después todos se habían ido, menos nosotras dos. La esquina ya no era naranja sino negra y se recortaba contra un cielo que había tomado el tono anaranjado que poseía antes ésta. Nos despedimos, acordando volver a vernos, y comencé a desandar el camino por el cual había llegado cuando el cristal llamó nuevamente mi atención: permanecía, para mi sorpresa, intacto en el lugar donde lo había dejado antes.