Por aquellos días el valor de lo externo a uno se había elevado, devaluando a los procedimientos internos. El aire se llenaba con palabras vacías y carentes de sentido; bellas, sí, en algunos casos, pero sólo eso.
A nadie se le permitía decir lo que pensaba y los sueños eran reprimidos por una gris y estricta consciencia colectiva que dominaba a las individuales: éstos deleitaban cada noche a los habitantes de la ciudad, para luego abandonar sus mentes y nunca volver.Durante mi descanso, aquella vez, las siluetas que bailaban en mi mente y los paisajes que las sostenían me llenaban de gozo. Si hubiese tenido la oportunidad, las habría capturado, encadenándolas a mis pestañas o incluso tatuándolas en mis pupilas para recordarlas a la mañana siguiente. Pero, por supuesto, no podía.
Noche tras noche me inundé de él. Una mañana abrí los ojos y una imagen flotó delante de mí durante unos segundos. La apresé, concentrándome en ella con todas mis fuerzas, y corrí al escritorio. Agarré un papel y dibujé en él la imagen soñada. Ahora estaba en otro lugar además de mi cabeza y eso lo hacía mucho más verosímil.
Aun así, el sueño se convirtió en un visitante nocturno cotidiano. No sabría explicar cómo lo reconocí, pero lo hice. Mejor dicho, mi mundo onírico lo hizo: le daba la bienvenida en un cálido abrazo cada noche y lo saludaba con nostalgia prematura antes de que yo despertara.
Cuando me encontré nuevamente entre los tristes ciudadanos, aquellas personas cuyo interior estaba extinto y sin brillo desde hacía años, no pude evitar sentirme una extraña: yo había cruzado la barrera que separaba los sueños de la consciencia; ahora una me separaba a mí de ellos.