Había pasado la noche anterior en vela esperando ver el amanecer. Tanto el inicio del otoño como el de la primavera eran días completamente distintos a los otros 363. Se suponía que en esos días había tanta luz como oscuridad, y eso siempre me había llamado poderosamente la atención. Entonces esta vez decidí comprobar si realmente se daba el equinoccio, o si era algo que habíamos asumido como eterno cuando, en realidad, podía cambiar. Pasaría veinticuatro horas despierta para ver si el día duraba tanto como la noche.
Así fue como, el veintiuno de septiembre, mi despertador sonó a las seis. Me preparé un café que acompañé con un par de tostadas con miel y me senté en el sillón (que miraba al Este) a esperar a que amaneciera.
El sol salió a las 7.03. Lo anoté en mi libreta.
Antes de salir de casa, me preparé otro café; noté que casi no quedaba instantáneo en el frasco y me dije que seguramente habría uno sin abrir en la alacena. Vacié la taza de a sorbos cortos y salí de casa.
En el colectivo dormí un poco. Me desperté a tiempo para bajar en mi parada.
Volví a casa a las cinco, me di una ducha y acomodé un poco mi cuarto, que estaba bastante desatendido. Como la tarde era cálida, fui al balcón para esperar a que atardeciera. El sol terminó de caer a las 19.03. Lo anoté en mi libreta.
Bien, la luz había durado exactamente doce horas, que era lo que debía durar si realmente había equinoccio. Ahora quedaba comprobar cuánto duraba la noche.
Leí un rato, regué las plantas. Llamé a mi hermana, charlamos, y leí un poco más. Cené. Seguí leyendo. Las líneas del texto se movían de tal manera que prestar atención me resultaba casi imposible. Era la hora del café.
En el frasco ya no quedaba lo suficiente para prepararme una taza, así que me trepé a la mesada para alcanzar la alacena de arriba. Busqué pero el tarro con el que yo contaba no estaba. No quedaba más café. Me hice media taza con lo que quedaba y le agregué un poco de leche. Lo tomé y volví a mi libro.
Los renglones ya no se movían; la historia entre Pedro, Javiera y Francisca era cada vez más interesante y el color del cielo empalidecía.
El teléfono sonó y me desperté, sobresaltada. Ya era de día y mi cachete se había pegado un poco al sillón. Corrí a atender la llamada.
- Sí. ¿En serio? Pero, ¿qué hora es?
Eran las 9.22. Había amanecido hacía ya un buen rato y yo no lo había visto. Me sentí una idiota: unos minutos más y podría haber sabido cuánto duraba la noche. Veintitrés horas y un poco más, para nada.
Y se me había hecho tarde. Me puse los zapatos, agarré mi cartera y salí. Para el otoño me aseguraría de tener suficiente café.
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