Iba sentada al lado mío, del lado del pasillo y con la cabeza inclinada hacia adelante. Con cada movimiento del colectivo sus rulos se tambaleaban como resortes estirados. Mientras tanto, yo trataba de leer, pero el vaivén terminó por mezclar todas las letras del libro en un tejido imposible de descifrar y que, para colmo, logró marearme. Desistí. Abrí un poco la ventana y me puse a mirar los autos que pasaban. Cuando nos acercábamos a nuestra parada le toque el hombro con cuidado para no asustarla. De todos modos, se sobresaltó un poco. Detrás de los lentes, sus ojos subieron y bajaron en parpadeos que la ayudaron a volver rápidamente a la realidad. Bostezó. “Soñé”, me dijo. “Te juro que soñé”. Y empezó a contarme lo que había visto mientras dormía. Nos bajamos del colectivo y nos despedimos hasta el día siguiente, en el cual seguramente me esperaría un nuevo relato acerca de sus sueños.
jueves, 29 de septiembre de 2011
El nombre que sonríe
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No! acabo de vivir esa situación, muy nítida, muy
ResponderEliminarEso significa que alguna vez compartiste el colectivo con ella! Con ella y alguna de sus historias oníricas.
EliminarGracias por leerme siempre Franquie!